Cómo leer más y no morir en el intento

«No tengo tiempo de leer, pero me encanta»
Esa es una frase que escucho demasiado, y que, sinceramente me hace voltear los ojos con la presteza de 100 adolescentes irritados. Y seguramente a todos los lectores les pasa lo mismo. Claro está que ninguna aseveración es tan ofensiva como la condescendencia que se esconde detrás de «desearía tener tiempo libre para leer, como vos». Si, me vuelve loca. ¡Uno no lee porque tenga mucho tiempo libre, señores! Uno lee porque le hace bien al alma, uno lee porque quiere crecer, porque quiere aprender, porque quiere abrir la mente y escaparse un rato. Leer no es una actividad de ocio, el tiempo para leer se hace.

¿Esto significa que todos los que dicen que no tienen tiempo para leer son viles mentirosos que por algún motivo quieren hacerse pasar por lectores que no leen? No, no lo creo. Supongo que en la mayoría de los casos ellos mismos se lo creen. Lo dijeron tantas veces que, en su mundo, seguramente tiene sentido. —Pobres lectores que no leen, ¿verdad?—.

¿Alguna vez te lo dijeron? ¿Vos lo dijiste alguna vez? Si, capaz que alguna vez lo dijiste, y por eso entraste a leer esto.

Solo hay que ser honestos con nosotros mismos durante un minuto para ver que por más ocupados que estemos, realizamos actividades improductivas, lúdicas, recreativas y perdemos el tiempo de mil maneras diferentes. Entonces, ¿dónde está el tiempo que hace falta para leer? Queda perdido entre Facebook, el último juego que descargamos en el celular —Pokémon GO presente — y el decimocuarto video de recetas rápidas y sanas que vimos pero que nunca vamos a preparar. Aceptémoslo, a todos nos pasa a veces.

Así, el tiempo que decís que te falta para hacer eso que tanto te gusta, se desperdicia en actividades que seguramente no le aportan nada bueno a tu vida —o al menos nada tan bueno como un libro—.

¿Cómo se puede combatir esto? Lo más importante es recordar que para construir un nuevo hábito se necesita tiempo y esfuerzo. Si el objetivo es, por ejemplo, leer un libro por semana, hay que comprometerse de a poco. Si nunca leés —porque no tenés tiempo, obvio— y de pronto pretendés dedicarle tres horas diarias a la lectura, evidentemente no vas a llegar muy lejos.

Por suerte, existen formas comprobadas de crear y cambiar hábitos. Y, con suerte olvidar esas frases detestables. La clave está en hacer pequeñas modificaciones que se traducen en grandes cambios con el paso del tiempo. Hay algunos pasos que hacen una gran diferencia en crear el hábito de la lectura a largo plazo, si las ganas y el gusto por la lectura existen de verdad:

1. Andá de a poco: cinco páginas al día

A veces tendemos a sobreestimar el tiempo que tenemos disponible, por eso planeamos hacer mil cosas y finalmente hacemos una o dos —una o dos con suerte—.

Cinco páginas no intimidan. Es un número con el que cualquiera puede comprometerse. Es cierto que cuando leemos algo que nos interesa —y esa es la gracia— nos metemos en un mundo que no nos permite salir cinco páginas después. ¡Si leés más, mejor! Pero asegurate de leer esas cinco páginas como mínimo.

2. Uní la lectura a algo que hacés todos los días

Hay solo dos actividades que todos hacemos sin importar el día de la semana que sea; despertarnos y acostarnos.

Si sos una de esas personas para las que despertarse temprano es sencillísimo, primero; ¡bien por vos! Y segundo; si te despertás 20-30 minutos antes para leer tus páginas diarias, tu día va a comenzar de la mejor forma posible. En lugar de saltar directamente a la rutina diaria, te dedicás un poco de tiempo para vos mismo, que siempre hace bien y siempre hace falta. Además, el resto de las actividades diarias no se van a interponer entre vos y tu objetivo diario.

Si sos como el resto de los mortales, seguramente la mejor opción sea leer antes de acostarte. De más está decir que no vale acostarte en el último momento posible cuando ya te parecés más a un zombie que a un humano de tanto sueño y cansancio acumulado. Esta táctica requiere que te acostumbres a ir a la cama unos minutos antes aunque sea, pero tiene sus ventajas; te ayuda a serenarte antes de dormir y te obliga a quitar la mirada de la pantalla —celular, televisión, computadora— y como consecuencia, a dormir mejor.

No importa en qué otros momentos del día leas —cuantos más sean, mejor— elegí el momento que te resulte más conveniente y respetalo. Cuando estás intentando formar un hábito no podés parar porque sí. No podés dejar de leer un par de días porque no hay ganas o porque hay un Jigglypuff en tu ventana y tenés que atraparlo. Tranquilidad… es solo hasta que el hábito esté cien por ciento incorporado a tu vida.

3. Aumentá de forma gradual

Agregá un par de páginas por día a tu mínimo. Agregá hasta que te sientas cómodo. Si sabés que no vas a tener tiempo o energía suficiente para leer noventa páginas absolutamente todos los días, no te impongas un mínimo como ese. Cuando hayas alcanzado un número con el que te sientas cómodo, estacionate en él y aunque leas un poquito más porque la historia atrapante que elegiste no te deja soltar el libro, no te vas a sentir presionado. Entre cuarenta y cincuenta páginas por día como mínimo es un buen número.

4. Facilitate la lectura

Este punto es bastante obvio. Si querés leer más, llevá un libro a todas partes. Cuando tenés que esperar a alguien, cuando estás en una sala de espera, en un ómnibus… ¿Qué hacés? Entrás a Facebook o a cualquier sitio, leés algo interesante, ¿y luego? Luego viene el scrolleo incesante. Ese estado hipnótico en el que ya no te das cuenta de lo que estás leyendo. El dedito mueve la pantalla y el contenido ya no importa. Si, definitivamente leer ese libro que ya comenzaste a leer la noche o la mañana anterior te va a aportar un poquito más de sapiencia que la rutina de no sé qué hacer entonces agarro el celular y hago lo que sea.

Hay una teoría que dice que en veintiún días podemos crear cualquier hábito, pero hoy en día, para un hábito como el de la lectura puede ser que este número se quede corto. Pensémoslo por un momento: estamos sobreestimulados las veinticuatro horas del día. Usamos pantallas para trabajar, para informarnos, para desestresarnos, para ejercitarnos, para distendernos… básicamente para todo. Estamos muy acostumbrados a hacer más de una cosa a la vez en más de una pantalla a la vez. Trabajamos mientras miramos videos, jugamos y miramos televisión, etc. Así que incluir una actividad como la lectura en nuestros días cada vez más cargados de nada puede ser un poquito más difícil. El verdadero indicador está dentro de cada uno.

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