Las mascotas no conocen su lugar

Hay dos cosas que nunca hago: Subir relatos a la web y escribir relatos infantiloides. Y no, hoy no estoy rompiendo con ese esquema. Hoy estoy subiendo un relato infantiloide a la web. Esto es algo nuevo, la suma de las dos cosas, hace que sea diferente. Así que no… nunca rompo mis esquemas.

Zeus era un gato. Un gato imponente y majestuoso como su nombre lo indica. Era negro, y dos manchas blancas a la altura de los ojos hacían que pareciera un panda invertido. Con 14 años, a veces sentía que sus niveles de energía habían mermado. Pero no creía que fuera porque estaba más viejo. Ahora simplemente prefería pensar. Solía sentarse en el estante superior de la biblioteca, y desde allí observaba sus dominios.

La casa era modesta, pero era suya y eso la hacía perfecta. Los rayos de luz se colaban por la ventana que estaba a su derecha y calentaban su espalda. Era realmente un sitio privilegiado. Esa ventana tenía la única cortina que nunca se cerraba, era un lugar exclusivo para él. Allí, comenzó a pensar en todas las alegrías que le había dado la vida y se dio cuenta de que eran muchas.

¡Zeuuuus! ¡Gatito, gatito, gatito! —una voz aguda lo sacó de su ensoñación y lo trajo de vuelta a la casa.

Era More. La más chica de las humanas. Zeus le tenía un cariño especial. Aunque a veces lo fastidiaba más de la cuenta. Lo perseguía por toda la casa y cuando lograba agarrarlo, lo presionaba contra su pecho, lo besaba apresuradamente y lo acariciaba con el tacto de quien pretende ser tierno, pero simplemente es molesto. Y siempre tenía las manos pegajosas. Sí. Si More llegaba a él, debía bañarse en seguida.

Prefería mirar a More cuando ella no se daba cuenta. Zeus estaba allí, en un rincón de la habitación cuando More dio sus primeros pasos. La primera vez que intentó alimentarse sola, Zeus —que quiso mantenerse al margen— terminó cubierto en puré de zapallo. Y ahora, que más o menos se podía manejar por el mundo, el paciente animal le temía y la adoraba casi por igual. En cierto modo, More era como él fue una vez. Inocente y aventurera.

Zeus bajó de su torre de vigilancia, y se acurrucó a sus pies. Por una vez, ella comenzó a acariciarlo suavemente. Quería que ese momento durara para siempre.

Catorce años antes estaba en una habitación muy cálida con sus siete hermanos, y sabían que pronto comenzaría un desfile de humanos que podrían adoptar para siempre.

Pasó todo el día antes de que le llegara el momento a Zeus.

Su hermana Afrodita fue la primera en irse. Una señora bastante anciana se la había llevado. A la gata le había gustado instantáneamente el aire calmo de la señora. Su pelo blanco y su andar pausado le sentaban bien a su personalidad. A Zeus también le gustó, pero como su hermana la vio primero, prefirió esperar.

El día de adopción transcurrió tranquilamente. Muchos humanos, grandes y pequeños llegaron y se fueron. Algunos fueron adoptados y otros no.

En el correr de la tarde, Zeus llegó a la resolución de que no quería irse. A excepción de la primera señora, ningún humano le había gustado demasiado. Se quedaría con sus humanos actuales. Sabía que educar a un humano nuevo era una tarea difícil. Y él, francamente, no quería hacerlo.

Zeus jugaba con su hermana Pandora, cuando vio entrar a una humana nueva. Escuchó que la llamaban Aurora. Pensaba que el día de adopción ya había terminado. Aurora debía haber llegado tarde

— Una lástima, —pensó—. Tendrá que ir a buscar un gato a otro lado.

Intentó hacerse el dormido. La nueva humana tenía a Pandora en sus brazos.

Adiós Pandora —Se dijo a sí mismo.

Pero luego lo agarró a él. El gatito más pequeño de la camada cabía perfectamente en sus manos. Levantó mucho la cabeza y la miró con sus enormes ojos verdes. En ese preciso instante se dio cuenta de que debía irse con ella.

Pensó que Aurora debía ser el ser humano más triste que había visto en su vida. Realmente no quería irse a una nueva casa. Pero se dio cuenta de que si no lo hacía, ella probablemente no sobreviviría.

Decidió asumir esa responsabilidad. Desde ese momento serían inseparables.

Al principio ella lloraba todas las noches hasta dormirse. Y varias veces al día también. Lloraba en silencio. Lloraba despacio como si se avergonzara. Zeus descubrió al poco tiempo que la vida de Aurora era bastante mala. Sonreía muy poco y, hasta donde sabía, Zeus era su único amigo en todo el mundo.

Su casa no era tan linda como donde vivía antes. Pero Aurora lo quería muchísimo, y lo cuidaba más que a sí misma. A cambio, Zeus hizo todo lo que pudo para que dejara de llorar.

Cada noche, se recostaba sobre Aurora y ronroneaba hasta que ella se dormía. Tal como lo hacía su madre. El llanto disminuyó poco a poco, hasta que un día paró por completo.

La casita gris y fría también fue cambiando. Aurora trajo una estufa, que se convirtió en uno de los lugares favoritos de Zeus en Invierno. Las habitaciones se comenzaron a llenar de deliciosos aromas cítricos, y lo que un día fue una casa triste, se convirtió en un hogar amoroso.

Zeus se sentía cada día más orgulloso de su humana. La miraba con satisfacción casi paterna cada vez que llegaba sonriente luego de un largo día de trabajo. Cada vez que la veía relacionarse con algún humano nuevo se decía a sí mismo que él había ayudado a que eso sucediera.

La acompañó en cada paso del camino. Cuando conoció a Leopoldo, Zeus era apenas un adolescente. Durante las primeras noches que pasó Leopoldo en su casa, el gato se dedicó a estudiarlo con cierta desconfianza, pero Leo encontró la forma de que Zeus lo aceptara.

Unos años más tarde, Leo y Aurora se casaron. Y años después de eso, como si la felicidad no fuera suficiente, llegó More a sus vidas.

Mientras Zeus recordaba, la niña prendía broches en su pelaje. Estaba extasiada porque era la primera vez que lo lograba.

Después de tanto tiempo, el gato viejo sabía que a veces, tener una familia de humanos significaba dejarse atrapar. Había escuchado una vez que alguien decía que las mascotas tienen que saber cuál es su lugar y respetarlo. Pero él prefería dejarlos ser. A veces fallaban, pero eran suyos. Y eso los hacía perfectos.

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