¿Qué pensamos de Buscando a Alaska?

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Considero que es el mejor momento para hablar de este libro. Ciudades de papel está en cartelera y Buscando a Alaska será la próxima víctima de la gran pantalla.

Tengo que admitir que lo leí con cierta predisposición. Me gusta John Green desde que leí de Bajo la misma estrella. También tuve el agrado de leer Ciudades de papel. El primero me fascinó y el segundo no me desagradó. Buscando a Alaska cae en el medio de ambos.

Antes de leerlo, Buscando a Alaska me sugería la persecución de algo onírico. Una utopía. Un lugar mágico. En retrospectiva, no estuve tan errada. ¡Bien yo! Adiviné. — O casi.

La historia está narrada por Miles, — Pudge—. Que abandona su Florida natal para asistir a un internado en Alabama. Un chico solitario que se va en busca de su Gran quizás. En busca de una vida que valga la pena ser recordada. Entre todas sus experiencias, Alaska Young es sin duda una de las que se destaca. La enigmática Alaska. Elusiva por naturaleza, explosiva y emocionante. Es el antes y el después del añorado Gran quizás.

Me imagino cuál sería mi reacción si lo hubiera leído cuando era parte del grupo demográfico al que apunta. La realidad es que no puedo imaginarlo. Cuando era adolescente estaba muy ocupada leyendo a Flaubert, Austen o Las Brönte. Los libros no tenían mucho sentido si no eran complejos, viejos y profundos —que eran sinónimos para mi yo de 15 años.

Hoy en día, hay algo en el modo de escribir de Green que me atrapa. Tiene un estilo directo y conciso,  que cada tanto adorna con un toque de existencialismo moderno. Muchas veces los autores que centran sus tramas en el mundo de los adolescentes son demasiado simples en su manera de expresarse, y muchas veces se valen más del marketing que de una historia fuerte y significativa. Este definitivamente no es el caso. —Aunque haya mucho marketing involucrado.

Me gusta el personaje de Pudge. Pienso que su evolución es muy interesante. Pasa de ser un chico sin amigos y sin mayor motivación que imaginar un futuro idílico, a ser parte de un grupo, a descubrir el rol que cumple en la vida de los demás y cuáles son las características que lo hacen único e irrepetible. La transición es tan imperceptible que hasta el final no nos damos cuenta de que nuestro protagonista no es el mismo que el del comienzo del libro. Sin embargo, nunca parece haberse salido de su papel.

Hay que tener en cuenta que hablamos de un joven cuyo pasatiempo es conocer las últimas palabras de diferentes personajes históricos. Va a un colegio internado que al parecer tiene altos estándares académicos que mantener. Todos los amigos que hace en este período son inteligentes, les gusta leer, citan a García Márquez y Rabelais como si se tratara de personajes de —inserte nombre de alguna serie de vampiros aquí—. ¿A quién no le gustaría vivir en un mundo como ese? Sé que si yo hubiera conocido chicos así cuando tenía esa edad, no hubiera pasado toda mi adolescencia deseando crecer. Hubiera buscado la grandeza en las cosas pequeñas.

Hablemos de Alaska. Alaska no tiene nada de especial. ¡Listo, lo dije! Si bien la historia es contada a través de los ojos de Pudge, no pude llegar a comprender su fascinación. La única conclusión que alcancé es que su encanto tiene que ver con su calidad de persona despreocupada y rota. Se deja ver en más de una ocasión su tendencia autodestructiva y tal vez eso sea lo que atrapa a Pudge, aunque su personalidad sea completamente opuesta. Alaska puede tomar algo tan importante como su permanencia en Culver Creeks, o incluso su vida y,  con un toque infaltable de glamour, arriesgarlo porque sí.

A veces nos obsesiona aquello que no podemos comprender. Pudge no comprende a Alaska y le es imposible salvarla de sí misma.  Si quisiera hacer un recuento de la cantidad de veces que Alaska hace o dice algo impredecible, fallaría miserablemente en el intento. Mi capacidad de almacenamiento cerebral no es suficiente.

Lo que me irrita un poco es que es imposible seguirle el tren. Me irrita porque intento que me importe. Intento quererla —después de todo, su nombre está en el título. Pero su mayor falencia es que a veces camina por la delgada línea que divide al personaje extraño del cliché. Hay que pensar que fue la primera novela de John Green. También hay que recordar que amamos a John Green, y que John Green es genial. Pero Alaska es un personaje un poco irritante. En lugar de saber de dónde viene y por qué es así, vemos simplemente a la adolescente caprichosa, que está acostumbrada a conseguir lo que quiere de un modo u otro. Simplemente es alguien perturbado. El aura de misticismo que la envuelve parece prefabricado. Y de ahí en más, todo pierde fuerza.

Los amigos son el motor de esta historia —y no lo digo sólo porque Alaska no me cause la mayor de las simpatías—. Los amigos que hizo el protagonista, principalmente El coronel, cuyo nombre real ya no recuerdo, son su verdadera ganancia. Alaska es un elemento más. Gracias a ella aprende más de lo que seguramente pensó que podía aprender sobre la vida.

Pero cuando cuando Alaska ya no está, cuando Pudge abandona su búsqueda, se da cuenta de que en ellos encontró su Gran quizás. 

Me gustan las citas, me gusta como hablan los personajes. Sé que los adolescentes de la vida real no hablan así, pero seamos honestos. ¿Quién lo leería si así fuera?

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